Para ella, es decir, para nadie.
La caricia más suave que me dio escuece todavía; el ojo busca y solo halla el golpe de su ausencia, la espesa luz de su olvido quemando lo que toca.¿Qué será del filo de su voz, a quién destripará su indiferencia? Yo le daría a beber de mis heridas, afilaría las garras de su alma y sostendría a la victima siguiente, si al menos un segundo, una brevísima fracción de cualquier pequeño instante, aceptara que ha gozado destrozándome.
(nunca la invoco por su nombre para que jamás olvide el mío),
Su amor es un derrumbe de caricias, de besos, de saliva, de sangre, de gemidos, de palabras, ternura, casa, compañía, un derrumbe de sol, de cielo, de horizonte, un derrumbe de sombras, nebulosas, universos, de coincidencia, de orden, simetría, de espacio, soledad, caída, interrogantes, fotones, quarks, demonios, dios, origen, temor, oscuridad, incertidumbre, caos, un derrumbe de todo, de nada, de derrumbes.
Permítanme romper el modo impersonal usado hasta este punto para decirles que todo lo anterior ha sido farsa (pero la farsa tiene un nombre definido); se trata mejor dicho, de algo ausente, se trata, de decir lo que no nombra sino el borde de aquel rostro que aún recuerdo. Se trata, permítanme otro cambio, de decirte a ti (tú lo sabrás: esto nada significa sino para el ritual de pena que dejaste), que no es otra cosa que una manera titubeante de cumplir el oficio imposible del olvido.